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Dicha de Navidad

El invierno es sinónimo de introspección, la falta de luz nos invita a mirar hacia adentro para hacernos esas preguntas frente al fuego de la chimenea que durante un año lleno de ruido y compromisos, se han escondido bajo el tiempo fugaz. La vida tiene ciclos, se expande y se contrae, necesitamos observar el invierno y luego confiar un poco en que todo estará bien a pesar de nosotros mismos. La arrogancia nos hace pensar que debemos correr, hacer, probar a los demás que somos insustituibles, que sin nosotros nada funcionará, pero a veces es todo lo contrario, soltando y dejando de intervenir, hacemos mucho más.

Buscamos la dicha en las acciones, pero el ejemplo pausado y amoroso vale más que las acciones apresuradas y calculadas. Si existe una falta interna, no haremos nuestro propósito por amor a los demás sino por amor a nosotros mismos, pero no se puede dar con expectativas de recibir algo a cambio que no sea la dicha de dar.

La dicha no se busca, sino que nos sorprende, y es mejor estar alertas porque si estamos distraídos, puede escaparse. Sin duda la dicha aparece sin esperarla, cuando abrimos el espacio, a veces está escondida detrás del ruido y de la contaminación de ideas, opiniones y juicios. La dicha está en lo simple, mas no en lo que es restrictivo y complicado, porque el alma necesita espacio y libertad para perderse y encontrarse.

En Suecia el 13 de diciembre, el día de Santa Lucía, se toma como el límite para terminar las decoraciones, las causas sociales, las compras de regalos y demás preparaciones, luego se hace una pausa para disfrutar de la Navidad y de su introspección, junto a la familia, sean los amigos elegidos o la recibida al nacimiento, familia es familia. Este año imitaré a los suecos, lo que no es fácil porque también vivimos en un mundo virtual, a través de sus apariencias, pero necesitamos vivir en tiempo real, sin distracciones, malas noticias, ni comparaciones.  Estar enganchados en el mundo irreal no es vida. El enemigo del amor es el miedo, quien lo utilice no camina en el bien. El secreto es estar en el mundo pero no ser del mundo. Lejos de la actividad podemos actuar pasivamente por medio del agradecimiento, que es silencioso, pero que grita más fuerte a Dios que nuestros pedidos. Escuchando el ciclo de invierno nos alineamos a una fuerza que restaura, el amor restaura en el silencio.

La Navidad es dar, no solo físicamente sino de nuestro ser, imitando a quien todo lo dio por amor. El mejor regalo que podemos devolverle, es amar a todos, porque Dios nos amó de la misma manera.

La voluntad más grande de Dios es el amor ¿Estamos ayudando a compartir ese amor? Antes de cambiar al mundo convirtiéndolo en nosotros, primero necesitamos cambiar nosotros y convertirnos en el amor puro. Imitemos a Dios, que es amor, todo dar, que tanto ama a los humanos, a la naturaleza y a los animales. Acercarnos a Dios es la única manera de obtener ese amor, no tiene que ser perfecto, con la intención de imitarle es suficiente, él hace el resto.

Dios se acercó a nosotros en el nacimiento de Jesús que es su imagen; ahora nos toca recibir su inagotable amor al recordar sus lecciones de compasión y perdón en esta Navidad, incluyendo el perdón hacia nosotros mismos.

Para practicar el amor, como decía Enrique Barrios, necesitas ver más allá de las apariencias externas y  «superar tus limitaciones, tus fronteras de raza, clase, religión, nacionalidad y costumbres». Todos somos hijos de Dios.

Que tu Navidad esté llena de amor, salud, paz y dicha, y que se extienda hasta la eternidad. ¡Feliz Navidad!

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Sharon es autora de los libros Desde Om hasta Amén, de Las 12 promesas del alma y de Los ciclos del alma.