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Una reflexión personal sobre mi búsqueda de la verdad en el cristianismo

 

¿Cómo explicar la Trinidad, si ni siquiera puedo expresarla? Me decía (digo) a menudo.

Los Padres de la iglesia comenzaron esta tarea. No era una encomienda fácil, sin embargo, a pesar de algunas diferencias (que todavía muchos sostenemos), se llegó a un consenso, sucedió por medio de la mayoría de votos de los obispos de cientos de iglesias.

Hoy Domingo, 28 de mayo, en la liturgia conmemoramos a los Padres del Primer Concilio de Nicea. Luego de Jesús ascender al cielo, la iglesia (los llamados a congregarse en nombre de Jesús), pasaron unos 300 años creciendo, mayormente en silencio, pues estaban perseguidos. Al principio, la práctica de la fe estaba basada en la experiencia maravillosa de Jesús, por sucesión, tradición oral, práctica e inspiración divina, todavía no en escritos. Cuando antes todo estaba sobreentendido, ahora que el cristianismo era aceptado públicamente, era necesario colocar en palabras sus creencias para protegerlo de otras interpretaciones contrarias, sobre la divinidad de Jesús, algo no tan sencillo.

Puedo identificarme con esta historia, tuve una experiencia personal con Jesús que no me dejó duda de que era el camino {1}, estaba clara y no necesitaba explicaciones, pero necesitaba palabras para compartir la experiencia con otros, solo que cuando me encontré con algunos cristianos de varias denominaciones, tanto católicas como de protestantes, caí en cuenta que a menudo, no era fácil hablar de la experiencia de Dios sin terminar perdidos en laberintos sin salida de fundamentalismo, dogmas y doctrinas.

Algunos estaban enfocados en quién iba al infierno o en los únicos elegidos, otros en la ira de Dios. Unos pocos estaban sumergidos en teorías de conspiración y hasta en  ficción (algunos apuestan a la novela del Código Da Vinci).

Varios describían a Dios, pero lo hacían según su propia imagen y semejanza humana; en vez de hablar de un Dios con compasión inimaginable, como un ser de perdón e incomparable bondad, hablaban de un Dios emocional, que describían como un ser  fácil de ofender, yo en cambio buscaba una descripción más parecida al Jesús que había experimentado, pero muchos insistían en impulsar a su Dios vengativo.

Quise colocar mi experiencia en palabras, pero cuando llegué a las diferentes vertientes, me di cuenta que no hay manera de explicar conceptos divinos y experiencia tan solo con palabras, éramos como niños de cuatro años tratando de explicar dimensiones, galaxias y universos.

Curiosamente encontré que mientras más fundamentalistas (mi versión es la correcta, exacta, única, literal), más inflexibles, y observo, a veces con menos amor, porque muchos están regidos por intelecto y no por experiencia. Saber sobre Dios no es lo mismo que conocerle. Quizás queremos decir lo mismo y las palabras nos engañan, me decía.

Un sacerdote católico del oriente, que también es monje, me mostró una cara de Dios compasiva; me compartió que los mejores diálogos ecuménicos y hasta interreligiosos, no suceden con teólogos sino con monjes. Los monjes están mayormente en contemplación solitaria y la experiencia que nace de la meditación en Dios, tiene mucho más en común con las experiencias de los demás, que las palabras. Los teólogos, en cambio, usualmente se enfocan en las diferencias y refutan hasta las experiencias.No hablo de la relatividad, la distancia de la tierra a otra galaxia debe tener una sola respuesta, pero desde nuestra perspectiva, aunque tengamos buenas intenciones de acertar, quizás unos se acerquen más a la respuesta correcta que otros.   La mayoría no somos malos, sino limitados.

¿Se puede describir el amor? Solo podemos sentirlo y compartirlo por medio de poemas y metáforas; cada cual dará su versión; sienten lo mismo pero lo explican diferente.

Encontré que cuando todos nos sentamos a orar en silencio, tenemos mucho en común y cuando comenzamos a hablar, comienzan las incompatibilidades y es que no podemos pensar y orar al mismo tiempo. Ese monje me compartió:

El pensamiento es el peor enemigo de la oración.

Para mi, hay claridad en saber que Jesús es mi Señor y salvador, que Dios es trino, que soy su imagen y semejanza, por lo tanto yo también soy trinidad (cuerpo, mente y espíritu), mi trabajo es imitarle, permitir que cambie mi corazón por medio de esas tres partes que tenemos en común. Jesús es mi camino, mi verdad, mi vida. Algún día estaré con él, y aunque nunca seré Dios, algún día (fuera del tiempo) lo comprenderé todo mucho mejor, mientras tanto me amparo en la fe, el amor y en el misterio de las cosas, lo que me hará tolerante, paciente, humilde y libre de prejuicios.

Mejor oremos juntos pero en silencio y luego amemos igual en silencio, pero mostremos el amor en acciones, no en las palabras. No hay manera de entender la Trinidad: que Padre, Hijo y Espíritu Santo son Uno es un misterio, a menos que podamos demostrarlo por medio del amor incondicional a nuestros hermanos, especialmente hacia los que no piensan como nosotros, y aceptar que los demás tienen el mismo derecho de tener su propia experiencia personal de Dios.

 

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Autora de Las 12 promesas del alma y de Los ciclos del alma

{1} Comparto más de mi camino en el nuevo libro: Desde om hasta amén, un viaje espiritual (Harper CollinsEspañol, Octubre 2017)

Foto Padres de la iglesia en Nicea -Shutterstock