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Una experiencia de Navidad

Mientras compartía con mi hija y amigos me fijé en una persona que caminaba sola por los predios de la iglesia. Su mirada lucía perdida, como buscando algo que no encontraba. Sin pensarlo me levanté, lo saludé y lo invité a servirse de la comida. Al poco tiempo, me decía que sentía un dolor muy grande y una gran incomodidad y se tocaba el pecho; no era física. Conozco el sentimiento, S. Ignacio de Loyola le llamaba “desconsuelo”. Entonces le hablé sobre Dios, sobre el perdón, sobre Jesús y cómo empezar de nuevo; en ese momento pregunté a Dios qué decirle. Sonrió con esperanza.

La mejor forma de hablar sobre el amor de Dios a un perfecto extraño, es prestándole atención. La atención es el mejor regalo; dice “me importas”. A veces doy dinero a un mendigo y me dicen : “pero  lo va a utilizar en alcohol”. Yo respondo que no quiero salvarlo, tan solo quiero decirle: “me importas”. Mostrar a alguien que es valioso es la mejor prueba del amor de Dios, especialmente cuando es dirigido a alguien que no tiene el medio de devolverte el favor. A veces tratamos a las personas de acuerdo al beneficio que podamos obtener de ellas o dependiendo de su clase social, o supuesta importancia. El reto es tratar como realeza a un perfecto desconocido de quien no puedas obtener un beneficio .

“Ser Su instrumento en cada lugar y en cada momento”, es una promesa que trato de aplicar. No se trata de hacer grandes cosas; pequeñas con amor, bastan. Puede salvar una vida.

La Navidad no es un momento perfecto para mucha gente, especialmente cuando estamos bombardeados por fotos perfectas de felicidad. La Navidad tampoco es una competencia de la mejor fiesta, es un momento de reflexión y de imitación del ejemplo que nos dejó el que ha nacido hoy. Hacer felices a otros, nos hará felices a nosotros.

Sobre Jesús:

Él librara al pobre que clama, al afligido que no tiene protector; el se apiadará del pobre y del indigente.

Salmo 71 

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