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Don del Espíritu Santo: El temor de Dios

Jesús nos dejó el Espíritu Santo, fue su promesa, la que envío sobre su iglesia ese día de Pentecostés, 50 días después de su Resurrección.

El don del temor de Dios, es el don más malentendido. Aquí no se refiere a pánico, ni a tener miedo a Dios sino a la reverencia y el respeto que sentimos por un Padre que nos ama, un Padre que además es nuestro Creador. Este don no puede despertarse por la voluntad propia, ni por la voluntad de otro, no puede inculcarse ni por miedo ni por manipulación, es un regalo que viene directo del Espíritu Santo.

Si caminas con un niño y pasas al frente de un gran Rey, y ese niño se mofa de su ropa o lo ignora, le dirás : “Niño, ¿no ves que es un Rey? ¿Cómo vas a faltarle el respeto?” Seguramente te dará una horrible vergüenza.  La respuesta es, que el niño lo hace por ignorancia, porque no lo reconoce. Igual nosotros, faltamos porque no le reconocemos, ese reconocimiento solo viene del Espíritu Santo. Reconocerlo nos mantiene en su camino y alejados de las malas elecciones, no la culpa.

Veo personas que van a la iglesia por culpa, o por miedo de no ser salvados. Vamos a la iglesia porque es nuestro Padre, el temor (miedo) no es amor, porque el que teme de esta manera cree en castigo y no conoce a Dios, como dice el Evangelio de Juan:

Donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo, pues el miedo supone el castigo. Por eso, si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente” DHH 1 Juan 4:18 . También dice : “Amamos porque Dios nos amó primero.” 

El Espíritu Santo no es un fantasma, es la tercena persona de la misma Trinidad que compone nuestro Dios en la iglesia cristiana, sea Cristiano Ortodoxo, Católico, Evangélico, Protestante, lo que nos hace cristianos es que creemos que Jesús es Dios mismo, no todos, porque existen grupos que se llaman así mismos cristianos, pero todavía no creen esta verdad que es la verdad dada por el mismo Espíritu Santo, el dador de vida, entonces para entender esta reverencia a Dios, primero se necesita preguntar quién es Dios para nosotros los cristianos:  Padre, Hijo (solo Jesús, no nosotros) y Espíritu Santo, entonces se siente la misma devoción y reverencia por los tres, porque son Uno, un solo Dios. Nosotros somos sus hijos creados, pero solo Jesús es Hijo engendrado (es Dios mismo).

Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12, 3)

Al separarnos, perdimos la semejanza de Dios, el Espíritu Santo es quien la devuelve por medio de su comunicación.

Recuerdo muy bien cuando recibí este don, es un don que te dobla las rodillas. Al recibirlo reconocí a Jesús como Dios mismo, no figurativo sino literal. Desde entonces conozco un poco sobre esa reverencia, que nada tiene que ver con el miedo al castigo, porque Dios no castiga, ni culpa, sino que al reconocer la verdad, la vergüenza sentida por la ignorancia nos quema. Cuando vi a Jesús tal cual era, me dio una agonía en el corazón por haberlo negado, cuestionado y bajado a categoría de humano iluminado, por haber promovido filosofías que dicen todo lo contrario. Eché cada figura de dioses extraños y cada libro que negaba su divinidad, no por miedo sino por una nueva sabiduría. Dicen que la ignorancia es atrevida, ignorar a Dios nos hace faltarle el respeto a cada momento. ¡Qué pena, cuando me acuerdo de esos momentos en que no tenía temor de Dios! No le conocía.

El problema es que a veces tenemos más reverencia por las personas de este mundo que por Dios y por Jesús. Tenemos más miedo de perder la admiración, de perder la credibilidad, de perder dinero, lectores o perder a un amigo, que perder su gracia. Este don pide que Dios sea primero, que lo amemos por sobre todas las cosas. El temor de Dios nos lleva a la humildad, a la docilidad y a la obediencia (1) de seguir su camino, de recordar cuan pequeños somos. Una filosofía que nos diga lo contrario, que somos grandes e invencibles, no entiende la reverencia de entregar nuestra voluntad a Dios, de invitar y permitir su guía. Y de reconocer que no somos capaces de salvarnos sin él.

Cuando el Espíritu Santo toma posesión en nuestro corazón, nos infunde consolación y paz, y nos lleva a sentirnos así como somos, o sea pequeños, con esa actitud -tan recomendada por Jesús en el Evangelio- (1)de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección, ¡como un niño con su papá! — Papa Francisco

Espíritu Santo, te invoco para que me muestres el verdadero rostro de Dios y así despertar mi reverencia y devoción hacía ti, cada día que me abandono para ser sostenido en tus brazos recibo tu paz verdadera 

Por Sharon M Koenig

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(1) Cita de la Catequesis del Papa Francisco – El don del temor de Dios – Junio 2014

Nota- Les recomiendo muchísimo leer el Evangelio de Juan 14 con toda calma, es un manjar para el alma